Dimos las gracias más efusivas al vicecónsul, por habernos llevado allá, y el hombre nos indicó que contáramos con él para lo que necesitáramos y que, después de comer, fuéramos a su casa a pasar el rato.
A las cinco de la tarde una criada nos avisó para que subiéramos a comer. Subimos y encontramos la mesa puesta; el mantel limpio, platos de loza de color y cubiertos de madera. En vez de sillas, había bancos. Entró la señora de Toledano con sus cuatro hijas, de muy modesto porte y muy bonitas. Hablaban todas el castellano con un acento medio andaluz, pronunciando las eses como zedas, un acento que no dejaba de tener gracia.
La mayor tendría unos veinte años, y la menor, unos catorce. Todas eran morenas, menos la segunda, Sara, que era rubia, casi pelirroja. Las saludamos amablemente. La madre se sentó con dos de sus hijas a un lado y dos al otro, y nosotros en lo restante de la mesa.
Después de comer fuimos a ver al vicecónsul, hombre abierto de genio, que tenía una familia numerosa muy simpática, y nos dió una porción de indicaciones concernientes a las costumbres que había que seguir allí. Le pedimos un poco de papel, nos lo dió y volvimos a casa. Conferenciamos con la señora de Toledano acerca de la manera de tener luz; nos trajo un velón de cuatro mecheros, enviamos a la criada por aceite, encendimos el velón, lo pusimos encima de la mesa y nos sentamos alrededor.
Borja Tarrius estaba contento.
—Creo que en Tánger podemos pasarlo bien y muy barato—dijo—, y habrá cosas curiosas que ver.
Moreno Guerra estaba taciturno.
—¿Qué le pasa a usted?—le dije.
—Esto es una cartuja—exclamó él—; aquí no va a haber con quién hablar. ¡Luego estas calles sucias, con estos moros asquerosos!
Me indignó tan importuna queja y no dije nada.