A las nueve nos volvieron a llamar para comer, y tomamos té con hierbabuena, pan y manteca.

Le pregunté a la dueña cuándo se podría escribir a Gibraltar, y me dijo que tuviera la carta preparada para las diez de la mañana del día siguiente.

Escribí a la posada de Gibraltar en donde habíamos estado Borja Tarrius, Moreno Guerra y yo, pidiendo al amo que nos mandara la cuenta, diciéndole que yo había dejado allí una maleta y una manta, y que si se recibía una carta para mí, la enviara a Tánger.

Al día siguiente, por la mañana, le di la carta a la dueña y fuí a llamar a Borja Tarrius y a Moreno Guerra; ninguno de los dos había dormido, preocupados, sin duda, con el porvenir.

Por la tarde anduve yo por la ciudad; vi el Zoco, la Alcazaba, y salí por las afueras a pasear por el Marshan. Al volver me encontré con Borja y Moreno, que charlaban en el cuarto, y, por la noche, la dueña me trajo contestación a mi carta de Gibraltar. Según decía el posadero seguía allí la aglomeración, y no se sabía qué hacer con los emigrados.

Fuimos a cenar. Moreno Guerra estaba tan alicaído que la dueña le preguntó:

—¿Está usted malo?

—Sí. Más malo de espíritu que de cuerpo. Me falta la vida, las amistades, la sociedad... No sé si me podré acostumbrar al trato de estos moros.

—¡Y qué diría usted—dijo la viuda de Toledano—si viviese bajo la condición que vivimos nosotros los hebreos! Nos insultan, nos apedrean, nos tiran lodo a la cara, y, como no tenemos autoridades ni cónsules, nos callamos.

Moreno Guerra se encogió de hombros. Parecía mentira que un hombre tan grandón, que tenía fama en España de valiente y atrevido, fuera tan pusilánime y tan blando.