—No hay que acobardarse—repuso la señora de Toledano—. Si se mete usted en esa habitación de abajo, en la obscuridad, sin ver a nadie, le entrará a usted la melancolía. Suba usted al cuarto donde trabajamos mis hijas y yo, y allí hablaremos.
—Tiene usted razón, señora—dijo Borja Tarrius—; no hay que apocarse. En Tánger hemos sido recibidos con una caridad y un afecto que agradecemos en el fondo del alma; estamos perfectamente hospedados y mantenidos: no podemos desear más. Ahora, a mi amigo Moreno Guerra le sucede que ha vivido en esta última época en un ajetreo constante y en una constante inquietud, y al venir aquí a esta soledad queda aplastado.
—Si lo comprendo—dijo Mesoda—; por eso le digo que suba al taller donde trabajamos nosotras, para entretenerse; suele venir el rabino de Tánger a visitarnos, y como es un hombre culto hablará con ustedes.
Fuimos al taller y charlamos, mientras las chicas y la madre y dos o tres aprendizas trabajan en bordar con sedas de oro y plata babuchas, bolsas para dinero, cinturones, arneses de caballo, etc.
Borja Tarrius, curioso por todo cuanto fuera industria, hizo a Mesoda y a sus hijas una serie de preguntas acerca de cómo trabajaban y dónde vendían sus productos.
—En general se venden en Gibraltar, y los llevan a Túnez, a Trípoli, a Fez, y pasan por bordados hechos por moras—contestó la señora Toledano.
Borja Tarrius que sabía mucho, examinó los bordados y dijo primero que el dibujo era un tanto defectuoso, y después indicó a Mesoda y a sus hijas que perdían mucho tiempo haciendo cada una todas las labores que exigía un bolso, o una babucha; que debían hacer la división del trabajo: una cortar, otra coser, otra bordar, etc., etc.
Para demostrar su tesis, explicó con toda clase de detalles cómo se fabricaban los alfileres en las fábricas de Europa.
Como hablaba con tanta persuasión, las convenció.
Al día siguiente se hizo la prueba de la división del trabajo, y, efectivamente, se produjo casi el doble.