La señora de Toledano estaba maravillada.

Mientras trabajaban las bordadoras, Borja Tarrius les habló de la historia de Tánger y de Cartago, y del pueblo judío, y nos tuvo a todos entretenidos.

Al cuarto día de estar en Tánger apareció en casa el Niño de Baza. Venía bien vestido, limpio y perfilado. Era un muchacho guapo. Tenía el tipo del andaluz bonito, una cara de medalla romana y los ojos de gitano. Me dijo con mucha zalamería que le perdonara si había estado grosero en la barca, pero era que se encontraba entonces cansado, enfermo, sin dormir. Se había quedado solo en Tánger; su padre había marchado a España, y él andaba buscando un sitio donde trabajar.

Las chicas de casa le vieron al entrar y salir.

—¿Quién es ese muchacho?—me preguntaron Sara y Rebeca.

Yo le dije a Mesoda:

—No he querido traer a ese joven aquí, donde hay tantas muchachas. No vaya a ser un gavilán entre palomas.

—Pues ¿qué ha hecho?

Le dije que me parecía un muchacho violento, vengativo, que su padre era gitano...

Nada de esto le parecía muy grave a Mesoda.