—Si a usted no le importa, por mí puede venir a casa.
—¡Ah! Pues que venga.
Al día siguiente volvió a presentarse el Niño de Baza.
—Bueno—le dije yo—, con estas chicas, nada.
—No tenga usted cuidado.
—Ya sabemos que eres irresistible.
—No tanto, don Eugenio.
El Niño de Baza no comprendía la ironía, afortunadamente para él.
Este mismo día apareció el rabino de Tánger, el señor Samuel Silva, en casa de Mesoda, y hablaron él y Borja Tarrius. El rabino llevó la conversación a cuestiones de historia bíblica, donde se consideraba, sin duda, fuerte; pero Borja Tarrius sabía de esto mucho y le hizo unas observaciones al rabino sobre el libro de Esdras y el de Job, y el Eclesiastés, que quedó el hombre asombrado. Yo, como no he leído la Biblia, porque, la verdad, me ha aburrido desde el comienzo, no seguí la discusión en todos sus detalles.
Mientrastanto, el Niño de Baza cambiaba unas miradas incendiarias con las chicas, que se reían y coqueteaban con él. Sobre todo, Sara, la roja, era una mujer de cuidado.