Los días siguientes, desde la mañana hasta la noche, los pasamos en el taller de Mesoda, Moreno Guerra, Borja, el Niño de Baza y yo; ayudábamos a las muchachas a cortar el cuero de tafilete, a preparar las agujas, los hilos de seda de oro y plata y a pulimentarlos con colmillos de jabalí.

Borja Tarrius pidió al vicecónsul un diccionario viejo de antigüedades, con un atlas, que había visto en su casa. El vicecónsul se lo prestó y Borja estuvo tomando notas e hizo una porción de modelos con nuevos adornos y nuevas grecas. Dibujó hasta diez modelos. Se hicieron éstos, unos más complicados, otros menos, y se enviaron a Gibraltar con sus precios respectivos.

En cada bolsillo se venía a sacar tres pesetas de beneficio, según el cálculo de Borja Tarrius.

Días después, el hijo de Mesoda envió cuarenta duros; había vendido los diez bolsillos inmediatamente a un comerciante de Argel, que le encargó veinte docenas más de la misma clase en dos remesas. Los que se le enviaron los vendió a cinco duros. En cada uno se ganaron trece pesetas.

Mesoda y sus hijas estaban locas de contento. Las chicas llamaban papá a Borja Tarrius, y pensaban en arreglar la casa y en hacer viajes.

Cuando se mitigó la alegría, Mesoda dijo a Tarrius:

—¿Qué hacemos? Usted disponga.

—¿Usted tiene dinero?

—Sí.

—Vamos a hacer el presupuesto para los doscientos cuarenta bolsos.