Me preguntó por mi mujer y por todos los amigos comunes de la corte; dijo que había pasado la mañana con Istúriz, que, incomodado por la marcha de los acontecimientos, ya no quería salir a la calle, ni hablar con nadie. Don Eugenio pensaba dedicarme la tarde. Me contó que iba a tomar una casita en la calle del Barco y a vivir allí en la obscuridad, como un buen militar retirado, con su Josefina. Después de charlar largo rato miró y remiró el libro que tenía yo sobre la mesita al lado de la poltrona.

—¿Qué estás leyendo?—me preguntó.

—Estoy leyendo a Balzac. Ahora voy en los Secretos de la Princesa de Cadignan.

—Carignan—corrigió Aviraneta.

—No, Cadignan.

—El título verdadero de los príncipes es Carignan.

—Sí; pero aquí no se trata del título verdadero. Esta princesa de que se habla en la novela no es un personaje histórico. Yo no sé si hay en la realidad una familia de Carignan.

—La hay.

—Bien; pero este libro no se refiere a ella.

—Sí; quizá sea una modificación novelesca.