—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted enfermo?

—Sí, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo no puedo vivir así. Me he acostumbrado a otra vida.

El señor Benolié quizá creyó que le quería decir que tenía hábitos más fastuosos, y sonrió suponiendo que era una fanfarronada de español.

—¿Pues cómo ha vivido usted?—me dijo con ironía judaica.

Yo le conté brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y como vi que le interesaban di detalles y más detalles. El señor Benolié se quedó tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era un hombre, sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.

—¡Pero usted ha vivido de esa manera!—exclamó varias veces.

—Sí.

—Es extraordinario. Yo tenía otra idea de los guerrilleros. ¿Y para qué ha vivido usted así? ¿Ha ganado usted mucho con eso?

—Nada. El poco dinero que tenía lo he perdido.

A Benolié no le cabía esto en la cabeza.