—Con la actividad y la energía que ha desplegado usted inútilmente, puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.

Esta observación de judío le parecía a él un argumento irrebatible.

—Sí, es posible—contesté yo—; pero en el comercio no hubiera puesto tanta energía. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el dinero imprescindible para comer y tener un rincón donde dormir. Esto se me cae encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.

Benolié y yo nos miramos como podrían mirarse un lobo y un castor.

—Sin embargo, ¿usted piensa marcharse a Méjico a ser comerciante, según me ha dicho?

—Sí, si no encuentro otra cosa mejor.

—No hay nada mejor que el comercio, señor Aviraneta—replicó él sonriendo—. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo quisiera que usted probara a trabajar en mi casa.

—Probaré.

—Yo le daré a usted el máximum de sueldo y el máximum de comisión.

—Pues nada, empezaré.