Comencé a acudir al escritorio, y fuí tan puntual y ordenado como pudiera serlo el primero.

Al cabo de un mes, Benolié me llamó a su despacho.

—Indudablemente, señor Aviraneta—me dijo—, no sirve usted para la vida sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va usted poniendo más amarillo que un limón.

—Sí. Es cierto.

—¿Qué ha pensado usted hacer?

—Yo había pensado ir a Grecia y hacer la campaña contra los turcos; pero como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.

—Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le proporcionaré a usted barco.

El señor Benolié se mostró muy generoso, me entregó cincuenta libras esterlinas, entre sueldo y comisión, por el trabajo que había hecho durante un mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurrió llevar una mercancía a vender por allí, e hice mi ancheta y la metí en un gran cajón.

El día seis de diciembre apareció un bergantín en el puerto de Gibraltar, que marchaba a Alejandría. Era un bergantín nuevo, sin nombre. Iba tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para entregarlo al virrey de Egipto.

Bajaron el capitán sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a Benolié. Benolié les habló de mí, y el capitán sir John le dijo que con mucho gusto me llevaría en su barco hasta Alejandría, puesto que era liberal y amigo suyo.