—Pues, ¿por qué?
—Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado. Hemos tenido un huracán terrible.
Pasé con sir John a la cámara de oficiales, donde vi que había dos tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.
Aunque yo no los entendía, porque hablaban inglés, comprendí que estaban buscando la posición y el derrotero del barco.
Sir John, a quien le gustaba hablar francés conmigo, me dijo que íbamos a tener mal tiempo, porque el barómetro seguía bajando.
No sé a punto fijo hacia dónde navegamos; yo no me atrevía a preguntárselo a nadie, pero sí sé que por la tarde del tercer día se nos presentó el viento de proa y empezamos a dar bordadas.
A eso de las once de la noche comenzó una tormenta espantosa: una de rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.
El capitán y los oficiales estaban de observación en la cámara; los marineros esperaban órdenes en el puente.
Yo no podía hacer allí nada más que estorbar. Antes de meterme en la cama, agarrándome a lo que pude, llegué a la cocina y le compré al cocinero víveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se había encendido la cocina. El cocinero me puso en un talego una docena de galletas, medio queso, dos tarros de mermelada, dos botellas de vino de Jerez y un frasco de aguardiente. Llegué a tientas a mi camarote, cerré la puerta, porque entraba agua, y me dije:
—Hay que entregarse al destino.