Comí un trozo de queso y unas galletas con dulce, bebí un vaso grande de Jerez, luego una copa de aguardiente, encendí un cigarro y a la media hora estaba dormido. Nunca he tenido sueños más raros.

A la mañana siguiente me desperté. Había agua en el suelo del camarote. Cuando abrí el ventanillo y miré al mar me dió el vértigo con aquel resplandor y aquella blancura de la espuma.

Me pareció que el mar se hallaba más agitado, pero el aire más tranquilo, y supuse que esto era buena señal. No salí del camarote; estuve haciendo gimnasia, y al anochecer tomé mi trozo de queso, mis galletas con dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de aguardiente.

Tardé en dormirme, pero me dormí. Al día siguiente, al despertar con la cabeza un poco pesada, vi que había amainado el temporal. Abrí el ventanillo y vi el mar mas tranquilo, y me volví a tender en la cama. Estaba dormitando cuando entraron en el camarote el capitán y el cirujano del barco.

—No he visto otro parecido—dijo el cirujano señalándome a mí—. Este es un hombre grande. ¡Y luego hablan de la flema inglesa!

El capitán sir John se reía.

—Levántese usted—me dijo—, porque tienen que limpiar todo esto.

—¿En dónde nos encontramos?—le pregunté yo.

—Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.

Me levanté, me vestí y salí a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.