Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandría. Yo sentía impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como allí, en el barco, todo se hacía siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al día siguiente nos acercamos al puerto al amanecer; por la mañana llegó el cónsul inglés de Alejandría, fué a visitar a sir John y tuvo con él una larga conferencia.
Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareció un montón de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mástiles de los barcos.
Después de la entrevista el capitán me avisó que si quería saltar a tierra podía entrar en Alejandría, en compañía del cónsul, como súbdito inglés, sin que en la Aduana me molestasen.
Fuí a dar las gracias a sir John, que me escuchó impasible, y me hizo un saludo militar como si no me conociera, y bajé a la lancha del cónsul. Pasamos por delante del faro actual; una bastilla, con una torre para señales, y alrededor de la fortaleza una muralla con sus cubos, que rodean la isla. Entramos en el puerto de Eunostos y desembarcamos cerca de la Aduana. Yo subí en un coche que esperaba al cónsul y fuí con él hasta su casa.
II.
LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS
Me invitó el cónsul a desayunar en su casa. Tomé una taza de café con leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.
—Dígame usted ahora qué piensa hacer. Yo voy a trabajar—me dijo.
—Quisiera que me indicaran las señas de un judío, Isaac Bonaffús, a quien estoy recomendado.
—¿Bonaffús? Lo conozco—me dijo el cónsul—. Un criado mío le acompañará a usted a su tienda. Deje usted la maleta aquí, y luego pueden venir a buscarla.
Me despedí del cónsul, y con el criado bajé al portal. Salimos. Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta, con aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos en una casa de un piso, que tenía una tienda pintada de rojo, que cogía toda la fachada. Entramos en ella. Un dependiente nos advirtió que el principal no estaba en aquel momento en casa.