El criado del consulado dijo, con el despotismo del inglés, que era asunto del cónsul de Su Majestad británica, y que lo llamaran.
Al cuarto de hora apareció el señor Isaac Bonaffús, un hombre rechoncho, de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del color de una vejiga de manteca, vestido con una túnica azul y gorro griego.
El señor Bonaffús me preguntó secamente en qué podría servirme; pero cuando le dijo el criado que era asunto del cónsul inglés se deshizo en cortesías.
Le di una propina al criado del cónsul, que la tomó, a pesar de su aire de caballero de la Tabla Redonda, y me quedé en la tienda de Bonaffús.
Saqué mi cartera, y de ella la carta de Benolié. La leyó éste, la examinó y me dijo.
—Yo estoy obligadísimo a Benolié, y usted me manda. ¿Qué quiere usted hacer?
—Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.
—Hombre, aquí fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.
—Entonces, ¿será mejor una casa de huéspedes?
—Sí, yo creo que sería mejor. Casa de huéspedes... Casa de huéspedes... Ya tengo una. Es de un maltés que ha vivido en Gibraltar, hombre rico, que sabe el español. Si quiere usted, yo le acompaño.