—Bueno. Vamos.

Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de casas blancas, con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Antes de llegar al barrio árabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga, con celosías pintadas de verde. Llamamos varias veces con el aldabón, y apareció en una ventana un tipo de bandido italiano con la cara tostada por el sol, tuerto, y con una cicatriz que le cogía media cara.

—Buon giorno, amico Chiaramonte—dijo Bonaffús.

—¡Buon giorno! ¡Ah! ¿Dove andate, amico Bonaffús?

—A casa vostra.

—¡Ah! Bene. Bene.

—E la signora Cayetana, ¿come sta?

—Bene. Bene. Andate ad aprir la porta—gritó Chiaramonte a alguno.

Un criado abrió la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera pequeña donde estaba Chiaramonte, y entre el judío y el maltés se entabló una conversación chapurrada en la lengua de los francos de Alejandría; una jerga mixta de turco y de griego.

—Este señor es español—dijo Bonaffús.