—¡Ah! ¿Es español?

—Sí—repuso Isaac Bonaffús—, es un español recomendado por Benolié, el banquero de Gibraltar, y por el cónsul inglés de aquí. Quiere quedarse en Alejandría algún tiempo, y yo le he indicado la casa de usted, por si ustedes le pudieran tomar de huésped.

—En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me ocupo mas que de mis caballos—dijo el maltés.

—Bueno; pues llame usted a la señora Cayetana y a sus hijas.

El maltés llamó a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes y los labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.

La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y únicamente se avino a tomarme de huésped a condición de que yo comiera con toda la familia y a las horas en que ellos acostumbraban.

—Estoy conforme—le dije yo—; únicamente me gustaría ver el cuarto.

Me enseñaron una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tenía ventanas cerradas con celosías que daban a la calle.

—Por el precio no reñiremos—me dijo la patrona—; tengo otro español, y a él le llevo dos pesetas al día, porque por ahora gana poco, y tiene un cuarto pequeño. A usted le llevaré tres pesetas.

—Muy bien.