Cerramos el trato, y el maltés mandó a un mozo suyo a que recogiera mi maleta en el consulado inglés, y yo salí con Bonaffús.
—¿Qué clase de pájaro es este Chiaramonte?—le pregunté en la calle.
—Es buena persona. Se puede usted fiar de él. Es tratante de caballos y hace contrabando. Las chicas son un bocato di cardinale, y tendrán sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son católicas, aquí no encontrarán novios de su religión. Nosotros, los hebreos, no queremos bodas mixtas. Pero para usted que es católico, si no es ya casado...
—No, no estoy casado.
—Entonces no le digo a usted más.
Al llegar a la tienda del señor Isaac, le consulté acerca de mi ancheta y le enseñé la factura. El comerciante la estudió artículo por artículo, y me dijo que, como no había pagado flete, ni pagaría aduanas, ganaría el doble de su precio.
—Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra sólo para traer un cajón de sedería o cosas por el estilo—añadió Bonaffús.
—No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a organizar un ejército a la europea.
—Ya sabe usted que hay un general francés que lo dirige todo.
—Sí.