Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado á conferenciar con D. Evaristo San Miguel.

Se habló entre los tres largo rato de la situación de España y de la invasión francesa, que parecía inminente.

Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de los ejércitos que había de mandar Angulema.

Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, podría influir en el Gobierno francés.

—¿Es que no tienen víveres?—preguntó Aviraneta.

—Eso me comunican los agentes—contestó el ministro—, pero no hay que abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estén en relación con los realistas.

—Es muy probable—añadió Aviraneta.

—Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á Francia—dijo de pronto San Miguel.

—¿A París?

—No; á la frontera.