Aviraneta dejó al Lobo en San Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró allí á su amigo Juan Olavarría, quien se manifestó muy pesimista. Creía que Angulema entraría sin dificultades, y que el ejército español no sabría defenderse.
Los liberales de Irún habían publicado una alocución que terminaba diciendo:
"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedaría un arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas, bajo las ruinas de la República."
Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de ésta mucho caso.
Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á Hendaya, y en un cochecito fué á San Juan de Luz.
Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de Ignacio Arteaga. Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la terraza de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar.
Recordó los tiempos en que solía estar en compañía de Lara y de Fermina la Navarra, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la provincia de Burgos.
En aquellos momentos, en su imaginación se fundían la hija de Teodosia y Corito, y eran la misma persona.
Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don Francisco Ramírez de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de Laguardia.