Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje negro, algo raído, con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y solemne.

El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto elegante. Salazar parecía salir de una fábrica recién construído y barnizado. Iba muy elegante: vestía pantalón estrecho con trabillas, levita azul estilo inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo y corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una porción de sortijas.

El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que iba á hacer crac y á romperse por alguna parte.

Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los anilleros y se tenía por hombre que miraba los acontecimientos con frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca.

—Yo entiendo—le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta—que la Constitución de Cádiz tiene poca vida.

—¿Por qué?

—Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: ó ha de vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de anemia. Dentro tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno con su dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es cierto?

—Sí.

—Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á Francia, que hoy está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por una aristocracia tory, á la prensa europea y al comercio de todo el mundo. Esto hace pensar que no vivirá.

—¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes?