Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como empleado de importancia, debía estar enterado al detalle de cuanto pensaba hacer el Gobierno francés.
El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda de San Esteban se acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle.
Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco, aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo á don Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.
El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le prepararía un escondrijo, y desde él podría oír la conversación.
—Vamos á ver eso.
Entraron en el comedor.
El mozo abrió la parte baja de un armario grande.
—Aquí puede usted meterse—le dijo.
—¿Aquí?—exclamó Aviraneta.
—Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.