—Veamos.
Aviraneta hizo la prueba y murmuró:
—La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de madera.
—Le traeré á usted una almohada.
—Buena idea.
Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y se tendió en el armario.
—¿A qué hora es la cena?—preguntó.
—A las doce.
—Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la meditación.