—Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á sacarle á usted—dijo el mozo.

Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres horas aburrido. Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron las mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres.

Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya bastante bien el francés, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa, coqueta y melancólica.

Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de París no se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales. Según él, desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad, farsa y mentira. A alguien había oído decir Mendacia vasconica: mentira vasca ó gascona, y repetía la frase.

Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, defendió á los meridionales con calor.

—Defienda usted también á su paisano el regicida Barère—dijo Ouvrard con ironía.

—Paisano y pariente—replicó Vieuzac.

—¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?—preguntó el ayudante de Tirlet.

-Sí.