Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y decidida del barón de Fabvier.
Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con efusión la mano del francés.
—Usted siempre en la hora del peligro—dijo Fabvier.
Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que resultó ser el general Lallemand.
El barón explicó á Aviraneta su proyecto.
Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, á los soldados de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se acogiesen á la bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los soldados de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas que tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu.
—Si le puedo servir en algo, mándeme usted—dijo Aviraneta.
—Tengo un aventurero francés que he encontrado por aquí para dirigir mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré para que se acerque.
—Bueno, voy en seguida.
Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y, al llegar á Azquen Portu, se embarcó.