—No conocía estos detalles—dijo el brigadier Peña—; el fracaso de la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado ellos mismos.
—¿Han quedado aquí los carbonarios?—preguntó Aviraneta.
—Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La Coruña, á ponerse á las órdenes de sir Roberto Wilson.
—¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se encuentra en buenas condiciones?
—No del todo—contestó el brigadier—. Es una lástima que le quitaran á Torrijos el mando de las provincias vascas.
—¿Lo llevaba bien?
—Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos había comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastián y Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con los republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada del ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya inminente, Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo más prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas las plazas. Todos opinaron así menos él y yo. Torrijos, que consideraba este plan descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. El Gobierno, en vez de contestarle le destituyó, nombrándole ministro de la Guerra, y dió el mando de este distrito al general Ballesteros.
—Que no hace nada.
—¡Nada!