—Bueno, yo daré orden de que le abran.

Al día siguiente, Aviraneta, el Lobo, Arranchale y Nación esperaban reunidos delante de la puerta del Mar.

Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba á la primera misa y algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal como sombras.

En esto llegó delante de la puerta el Capitán de las llaves, examinó á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron todos al muelle, el Arranchale habló con un pescador y poco después los cuatro fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron del puerto, pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon hacia Orio.

El Arranchale estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de mono subía y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela, riéndose.

—Aquí, aquí cerca—dijo el Arranchale á Aviraneta—encontramos una ballena hace unos años.

—¡Una ballena tan cerca!

—Sí. E intentamos cogerla.

—¿Y la cogisteis?

—No.