XII.
LA ENCERRONA

Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.

El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había hecho perder tiempo, quedarse en la posada del Trigueros y dejar los caballos en una cuadra lejana.

Este hombre, conocido por el Zocato, porque era zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa, un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios realistas.

La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y preferían algo más violento y decisivo.

Entre estos estaban el Zocato, un lugarteniente de Abad, llamado Gregorio González y apodado el Buche, y un cura joven que se distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien llamaban el Capillitas.

El Zocato, el Buche y el Capillitas hablaron á su gente, se encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir y á esperar el momento.

A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres, se acercaron á la posada del Trigueros cantando la Pitita y el Serení. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la casa.

Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.