Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar el paisaje.
Delante, como en una hondonada, se veía la vega ancha y el río que la cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.
El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón brillaba con un color de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A lo lejos se destacaban montes esfumados en la niebla.
—Bueno, vamos á almorzar—dijo don Juan Martín, y, por la tarde, veremos qué se hace.
XVI.
LA TARDE DEL DOMINGO
Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, pero un poco absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta.
Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á jugar una partida de cartas, cuando Aviraneta se levantó.
—¿Qué vas á hacer?—le preguntó el Empecinado.