—Voy á dar una vuelta por el pueblo.
—Luego la daremos.
—Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.
—Nada, que no quieres jugar.
—No, no; me aburre.
—¡Qué gente ésta!—exclamó don Juan—. Todo le aburre. Este es un puro vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas.
Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas diversiones de cuerpo de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando á las cartas, fumando y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento espantoso.
Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y á media tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus oficiales.
—¿Vamos?—preguntó.
—Espera un momento. Ahora voy.