Pensaba que no llevando consigo ningún papel, aunque le cogieran, sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no, que no era miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre absolutista soldado de milicianos á la fuerza.
Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, y no tuvo más remedio que decirle que iba á ir con una comisión á Cádiz.
Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto.
—Es mejor que vaya usted de uniforme—dijo Diamante—, le tendrán á usted más respeto.
—No, no. Es absurdo, hombre.
—Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y verá usted como llego.
—Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en el camino, no diga usted que me conoce.
—No necesito de usted para nada—replicó Diamante, con acritud.
—Bueno, bueno. Está bien.