Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para convencer á Aviraneta que debía ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patán cualquiera.

—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.

—Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un patán, no: se le cuelga de una manera ignominiosa y vil.

—Cada cual tiene sus preocupaciones—dijo don Eugenio—; morir de una manera ó de otra, es igual.

—Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á usted le tomarán por un espía.

—O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La cuestión es que no le maten á uno.

—¡Bah! No me asusta la muerte—replicó Diamante—. Si me prenden verá esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir cuatro cosas bien dichas.

Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compañero, y se citó con él en Mértola.

Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo de marchar á Cádiz.

Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pasó por Villaviciosa, llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un calor horrible. No apareció Diamante.