—Bueno, bueno; eso, ya veremos—replicó el señor Pepe—. Primero vamos á ver dónde está.
—Yo les enseñaré el punto fijo.
Se encendió un farol, y el señor Pepe y el Telaraña, llenos de ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca. Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta, señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba.
El señor Pepe y Telaraña se arrodillaron para mirar; Aviraneta, sin meter ruido, de un salto se acercó á la puerta del sótano, salió fuera y la cerró con el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros. Enseguida echó á correr, encendió una pajuela y luego una vela, marchó al cuarto del conserje, cogió la llave, abrió las dos puertas que se necesitaban franquear para salir á la calle, dejó el manojo de llaves en el suelo y se largó.
XXV.
CAMINO DE GIBRALTAR
Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar callejeando. Un sereno le detuvo, y le echó la luz del farolillo á la cara.
—¿A dónde va usted?—le dijo.
—Ando buscando posada.