A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó á que se hiciera de noche. Estuvo contemplando durante algún tiempo el caserío negruzco de la ciudad, alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á brillar las estrellas, rodeando el pueblo, salió á la orilla del mar.

Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba atando un bote, le dijo:

—Oiga usted.

—¿Qué?

—¿Quiere usted llevarme á Gibraltar?

—No; vengo de allá ahora.

—Le pagaré bien.

—No.

—Le daré una onza.