—¿La tiene usted?
—Sí.
—A verla.
—Se la daré á usted á la mitad de la travesía.
—¿Será usted el general Riego?
—No; pero tengo que marchar á Gibraltar.
—Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.
—No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.
—Bueno.
El hombre desató su lancha, extendió una vela, y, puesto al timón, enderezó la proa hacia Gibraltar.