A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando atrás, recostada en una sierra que se destacaba negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar brillaban enfrente.

—Me parece que estamos á mitad del trayecto—dijo el hombre de la barca.

—Sí; eso quiere decir que exige usted la onza.

—Lo ha entendido usted muy bien.

Entregó la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente se levantó é hizo arriar la vela.

—¿Qué hace usted?—le dijo Aviraneta.

—Nada, que vamos á volver.

—¡A volver!

—Sí.

—¿Por qué?