—Sí. ¿Ahora me desatará usted?
—Sí. Y usted me devolverá la onza de oro.
—Hombre, eso no es lo acordado.
—Tampoco estaba acordado que usted me hiciera traición.
—Bueno, le devolveré la onza.
Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la moneda y luego le soltó los pies.
—Ya se ha salvado usted—dijo el polizonte—. He sido un tonto. Ahora dígame usted quién es.
—¡Soy el demonio!—exclamó Aviraneta con voz cavernosa.
El polizonte debió quedar santiguándose, y Aviraneta marchó hacia la estacada. Un soldado inglés le dió el alto y llamó al teniente, que sabía español, y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría.