Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la calzada del dique, entre la laguna y el mar, y pasó por la puerta de Tierra á la ciudad...

Mientras había venido huyendo se había forjado la idea de que estaba arrepentido y cansado de tanto ajetreo como se había dado á sí mismo. Al poner el pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo á tomar de nuevo.

Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro como los albatros en los remolinos de la tempestad. Las convulsiones, los peligros, la guerra, las cárceles, eran su elemento...

Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de modificar su vida, volvía á rehabilitar sus ideas. Ya se habían borrado de su imaginación todos los absurdos, torpezas y cobardías llevadas á cabo por los revolucionarios; la Libertad, como una diosa, marchaba en su carro triunfante por encima de los monstruos y bestias inmundas del absolutismo: la revolución era la salvación de España.

—Hay que implantarla cuanto antes—se dijo á sí mismo, y convencido añadió, señalando con la mano la costa española, que se iba ocultando entre las brumas de la noche:

—Nos veremos de nuevo.

Itzea—Septiembre, 1915

FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA