Ginés el guardián era por este tiempo un viejo seco, flaco, de nariz aguileña, afilada y roja, el pelo gris, el mentón saliente, con claros en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos para leer.

Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias, calzón oscuro, media negra, zapatos rojos con hebillas de plata, balandrán de color negro pardusco, en la cintura una faja azul y encima una correa con ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de llaves.

Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral mejor que su casa.

Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy liberal.

Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, iba al cuarto del canónigo Chirino, se ponía sus anteojos de plata gruesos, compuestos con hilo negro, cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba de nuevo la lectura. Lo que no entendía bien lo volvía á leer.

Así había pasado cerca de un año con el Teatro Crítico, de Feijóo; pero se había enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito.

Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de leer.

—No sé para qué lee usted tanto, padre—le decía—. Deje usted eso á los que saben.

—Los que saben son los que leen—contestaba Ginés—; sean canónigos ó pertigueros.

Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero, constructor de ataúdes.