La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una fealdad simpática, tenía unos ojos grandes, negros, muy expresivos y una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte que un hombre.
La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tenía también el cargo de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto para disponer cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda, de primera, solemne y solemnísimo.
La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. Casada á los treinta años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no había tenido hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un buen hombre, fantástico y un tanto borracho.
La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese relación con ella.
A los canónigos que hospedaba en su casa los trataba como á hijos.
Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya ciencia y virtud habían quedado como legendarias.
El buen señor éste era tan inútil para las cosas de la vida, que no sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma.
La Dominica había sido el factótum de Chirino y del canónigo Rizo. Les atendía, les ordenaba como si fueran chicos.
Una necesidad de mando tal no era cosa muy cómoda para la guardiana, porque la obligaba á trabajar como una negra.
Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su marido, el constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna.