Mi amigo el senador me había recomendado á varias personas, entre ellas á un cura joven recién llegado al pueblo. Este curita se hizo muy amigo mío.

Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la catedral, de los conventos y de las casas particulares. Una tarde, al volver á la fonda al obscurecer, se me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á su casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse trataría de proponerme la venta de algún cuadro ó talla antigua; le dije que iría, y me dió las señas de su casa.

Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía del cura joven cuando recordé el ofrecimiento de la vieja. Era ya entre dos luces.

—¿Estará por aquí cerca la calle de la Moneda?—exclamé yo.

—Sí, creo que sí—me contestó el cura—; preguntaremos á estos chicos.

Los chicos nos indicaron la calle.

El cura y yo entramos en ella, buscamos el número y nos detuvimos delante de un estrecho portal obscuro. Había un hombre denegrido, demacrado, con aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un pañuelo atado á la cabeza.

—¿La señora Cándida?—le pregunté.

—¿Vienen ustedes á verla?