—Sí.
—Aquí es.
El hombre, volviéndose al interior de la escalera, gritó:
—¡Señora Cándida!
Esperamos un rato, y poco después bajó por una escalera estrecha, alumbrándose con un candilejo de hoja de lata, la vieja que me había hablado la tarde anterior.
—¿No viene usted solo?—me preguntó con gran sorpresa.
—No.
—Bueno, pasen ustedes.
La presencia del cura dejó atónita á la señora Cándida.
Estuvimos un momento en el estrecho zaguán vacilando si seguir adelante ó no. La luz del candil iluminaba el grupo. La señora Cándida era una mujer adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre los hombros, la cara roja, con dos ó tres lunares en la barba; tenía el pelo blanco, el cuerpo pesado y torpe, la sonrisa maligna y cínica, los labios rojos y lubrificados. A veces, á través de los párpados abultados y rojizos, lanzaba una mirada suspicaz, llena de claridad.