—Bueno, suban ustedes—repitió.

Subimos la escalera del tabuco negra é insegura; las ráfagas de aire amenazaban con matar la luz del candil.

—¡Demonio cómo sopla el cierzo!—dije yo.

—Sí, esta es la casa de los cuatro vientos—contestó la señora Cándida.

Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho tan sucio, tan vacío, que nos sorprendió desagradablemente.

Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos. En la casa había únicamente un cuarto un tanto limpio y curioso. Este cuarto tenía una mesa, un canapé y varias estampas; comunicaba con dos alcobas blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja de percal desteñido. Una de las alcobas tenía un gran espejo dorado, que parecía estar allá asombrado de verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos llevó por la casa, en la que reinaba la más negra y trágica miseria, y en un guardillón nos mostró unos cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin ningún valor.

La vieja me preguntó:

—¿Qué le parecen á usted?

—No me gustan, la verdad.