—¿No quiere usted comprarme nada?

—No.

La señora Cándida suspiró.

Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al salir di una pequeña propina á la vieja por la molestia, y al recibirla, agarrándome de la manga y llevándome á un rincón, me dijo:

—Venga usted otro día solo, y verá usted.

—¿Tiene usted algo más en casa?—dije yo.

—En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde yo voy me abren.

Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí con mi acompañante.

Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres viejas cuando caen en la miseria, mucho mayor aún que la de los hombres.

—Por fortuna, para esta gente—dije yo—la costumbre de la miseria los hace insensibles.