Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente cuando vino como de costumbre á mi casa, dijo:

—¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?

—¿Por qué?

—Porque estuvimos en casa de una Celestina.

—¿De manera que la vieja... la señora Cándida?

—Sí, es una Celestina á quien llaman la Canóniga. Parece que ha tenido fortuna y buena posición.

—De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.

—Nada. Absolutamente nada.

—¿Le han contado á usted su historia?