Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo las tres copias, desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel antiguo, y las envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario.

Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.

El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba preocupado. Después de comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.

Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio atónito; después se puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos.

Su instinto le decía que aquel papel provenía de algún clérigo. ¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á nadie aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito aquéllos había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo.

El autor de A la Canóniga demostraba una malevolencia grande, cierta facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y un desprecio por el clero poco natural.

Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor del romance era Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en D. Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa. Miguel había escrito antes Las Comadres de Cuenca en el mismo estilo; él, sin duda, era el autor de los versos A la Canóniga.

Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo tiempo sintió un feroz instinto de vengarse.

Se veía cazado como un conejo; comprendía que había dado un mal paso, que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo le excitaba más la furia vengativa.