que el tiempo traía.

La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron á D. Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura interior.

El Degollado seguía una tras otra sus coplas. La confitera abrió la puerta de la tienda y dió un maravedí al ciego.

Este siguió su canto con la relación del milagro de los pajaritos:

Mientras yo me vaya á misa

gran cuidado has de tener;

mira que los pajaritos

todo lo echan á perder.

Entran por el huerto,

pican lo sembrado;