—Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.

—Bueno; alquilaremos esa casa.

—Si no, ese canalla me va a perseguir. Yo quisiera que le llevasen a la cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuando vendrá Carlos VII! No estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los pillos.

—Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y alíviate pronto.

—Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.

Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía a fondo.

Decididos a ir a Cogolludo, comenzaron a embalar los muebles entre niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.

—Pero hija, ¿qué vas a hacer?

La mulata, apurada a preguntas, confesó que un señor americano, un pequeño rastaquouére que sentía la nostalgia del cocotero, le había ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.

La baronesa no se atrevió a hablarla de moralidad, y el único consejo que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en blando.