Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se encontró con Mingote, que al verle echó a correr tras él.
—¿A dónde vas?—le dijo—; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.
—¡Yo! ¡Qué disparate! me alegro mucho de verle.
—Yo también.
—Mira, vamos a entrar en este café. Te convido.
—Bueno.
Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.
—¿A ti te importaría algo escribir lo que voy a dictarte?
—Hombre, según lo que sea.
—Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio Figueroa, sino Manuel Alcázar.