—¿Habré sido yo el primo?—exclamó Mingote—. Sin duda. ¿Me habrá engañado ese condenado niño?
Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.
Fueron a Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un poblachón en medio de una llanura.
La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.
—¡Ay, Dios mío!, ¡qué casa!—decía—. ¿Por qué habremos venido aquí? Y ¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!
Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso a trabajar con fe.
Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.
Después removió la tierra con un pincho y sembró a discreción garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse de si era o no el tiempo de la siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la cuerda y además a la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de agua.
A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando ya la casa estuvo limpia fué a Madrid, sacó del colegio a Kate y la llevó a Cogolludo.