El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que recibía la baronesa no aparecieron.
Escribió a don Sergio varias veces sacando a relucir la persecución de que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor propio del viejo Cromwell; pero don Sergio no cayó en la celada.
Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo trampeando, haciendo deudas. Un día, a principios de otoño, se presentó el guarda de la casa diciendo a la baronesa que la desalojara, que en Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando y poniendo como un trapo a don Sergio; el guarda dijo que la orden suya era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler. La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los empeños quedaron reducidos estrictamente a lo indispensable, y se decidió a dejarlos y a huir de Cogolludo.
Una tarde en que salieron del pueblo a dar un paseo, la baronesa expuso a Kate, muy azorada, la situación.
—¿Vamos a Madrid?—terminó diciendo.
—Vamos.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
Hacia frío. Comenzaba a lloviznar.
La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron a nadie. Kate iba un tanto asustada.